Jonathan Bock

Hacer periodismo en esta tierra, la más violenta

La seguridad de periodistas es un problema global, pero sus dimensiones y consecuencias son diferentes según el lugar del mundo. El 2022 fue el año con mayor número de periodistas asesinados en América Latina, treinta y siete. Murieron más en esta región del mundo que en la guerra en Ucrania. Entre octubre del 2023 y febrero del 2024 han sido asesinados por lo menos 88 periodistas en la Franja de Gaza, según el registro que lleva el CPJ, el Comité para la Protección del Periodistas. Una cifra que no tiene comparación con ninguna otra guerra reciente.

Estas cifras que reiteran, una vez más, el tamaño del problema que existe para la protección de los periodistas no es suficiente. Ni siquiera permite empezar a explicar cuál es la dimensión y la consecuencia de qué pasa después de que un periodista es asesinado. ¿Qué implica el centenar de periodistas muertos en Gaza? ¿Qué pasa después de que en el Estado mexicano de Veracruz hubieran matado a 17 periodistas entre el 2010 y el 2016? ¿Qué sucede luego de que, el miércoles 24 de enero del 2024, mataran a Mardonio Mejía, el gerente de Sonora Estéreo, la única emisora de un pueblo colombiano llamado San Pedro?

Nos imaginamos el duelo de una comunidad; el silencio; la ausencia de la persona que publicaba. Sin embargo, esas respuestas no resultan suficientes para entender que realmente se están construyendo puntos ciegos en las geografías. Que el periodismo se rompe y que esos refugios para “contarnos” se desvanecen. Que nos volvemos silencios. Ese vacío, entonces, es ocupado y aprovechado por actores ilegales con la capacidad militar y el músculo financiero suficiente para permanecer impunemente y sacar provecho. El costo real de esta afrenta prolongada a la democracia local lo paga diariamente la ciudadanía sometida en su cotidianidad a esos poderes ilegales.

La agenda en defensa de la libertad de prensa se ha concentrado sobre la posibilidad de que periodistas y medios de comunicación no se vean restringidos para publicar noticias, reportajes y opiniones sobre asuntos de interés público. Esta dimensión de la libertad de expresión es muy importante pero no es la única y con frecuencia se sitúa en un lugar preferente que termina opacando el propósito por el cual exigimos esa libertad: se protege de manera amplia la libertad de expresión porque es la única forma posible para asegurar una sociedad informada, libre de miedo y que participa de las decisiones públicas.

Sólo con libertad de prensa la democracia es vigorosa porque hay espacio para exponer a la luz asuntos claves para la ciudadanía que sin la labor de la prensa libre pasarían inadvertidos, sólo así se combate el autoritarismo, la ilegalidad y la vulneración de derechos. No exageran quienes afirman que el silencio es el cómplice más leal del autoritarismo, nada más útil para el ejercicio del poder que sembrar miedo a quien se expresa como acción principal para terminar aislando informativamente las realidades donde ése poder es ejercido.

EL TESTIGO DE UN ESCENARIO NEFASTO

La violencia ejercida contra periodistas ha sido un problema estructural en toda la región. Secuestro, desaparición forzada, amenaza, tortura y el asesinato. “La combinación tóxica de problemas como regímenes autoritarios que suprimen las libertades de prensa básicas, agitación política y grandes campañas para perseguir a los periodistas, han enmarcado y ahora empeoran significativamente la situación de la seguridad de los periodistas” explica Silvio Waisbord, profesor argentino que durante décadas ha estudiado el fenómeno de la violencia contra la prensa.

“El mejor oficio del mundo” dijo García Márquez. No jodás, le respondería con muchísima admiración. El mejor oficio del mundo será otra cosa: un ebanista renombrado, un cocinero célebre, un mecánico televisado, un malabarista de fama mundial, un actor porno sin traumas, un autor de guías turísticas, un peleador sin contusión cerebral, un catador de marihuana”, dice Oscar Martínez, periodista salvadoreño, que no le costó escribir ‘Los muertos y el periodista’ sobre su experiencia de contar las violencias latinas, ya que escribirlo “fue orgánico, como vomitar”. Y, así, orgánico, Martínez fantasea con refutarle esa frase, que es más bien un slogan, de García Márquez en su elogio de que el periodismo es el oficio más bello del mundo. Concluye Oscar diciendo que para él una definición mejor sería la de Alma Guillermoprieto, que dice que es el oficio que te da un privilegio inmenso porque puedes atestiguar el mundo en primera fila. “Aunque ese espectáculo, a veces, casi siempre, sea nefasto”. ¿Cómo hacer reportería en las orillas más violentas de Tegucigalpa o de Guayaquil?  ¿Cómo hacerlo en las calles donde sus gentes han sido criadas para callar lo que ven y escuchan?

Los periodistas lo hacen, es un acto de persistir en la lucha por la libertad y la motivación de contribuir a que la atención de las autoridades se dirija a donde hace falta. Esas decenas de periodistas de América Latina que salieron y no volvieron, lo hicieron porque acudían a lugares olvidados, donde hay una ciudadanía cuya realidad debe ser contada porque como sociedad no podemos ofrecer soluciones a problemáticas que desconocemos.

LOS GUARDIANES DEL TERRITORIO

La violencia no afecta de la misma manera a los periodistas y no todos los periodistas son igualmente vulnerables a los ataques. Dos grupos de periodistas son particularmente propensos a la violencia. Un grupo son los periodistas de investigación, que revelan irregularidades por parte de gobiernos, corporaciones y los actores paraestatales.

Los otros, son los guardianes del territorio. Aquellos que no tienen una sala de redacción al uso ni grandes equipos de producción. Combinan fórmulas del periodismo tradicional con nuevas maneras de contar lo que pasa en su localidad. No tienen un guión, pues con el tiempo han aprendido empíricamente qué es lo que funciona para que la comunicación sea efectiva. En la calle son conocidos por sus vecinos y seguidores. Aunque algunos han recibido formación académica o técnica, en la práctica cuestionan la dogmática de la objetividad en el oficio. Hay quienes consideran su trabajo un servicio social, otros, un activismo o, incluso, una militancia.

Se trata de un nuevo tipo de periodista que ejerce el liderazgo social en su territorio y cuya ventaja es la proximidad a la noticia, pero a quien la notoriedad lo puede poner en riesgo, sobre todo en las zonas más conflictivas. Los ataques en su contra suponen muchas veces una herida profunda para las comunidades que admiran su valentía al denunciar la corrupción o al visibilizar el trabajo comunitario; su silenciamiento, se convierte en un golpe brutal al maltrecho ecosistema mediático de las regiones en donde a veces ni siquiera hay medios de comunicación local.

La emergencia de este tipo de periodistas en Latinoamérica tiene que ver con los cambios en la forma de percibir el valor social, la elaboración y circulación de la información. Y con los cambios tecnológicos y sociales, así mismo, se ha incrementado un periodismo que desafía la frontera del oficio con el activismo. Este incremento tiene aspectos favorables como una mayor visibilidad de sus propósitos, un diálogo con otros campos de movilización social y una agenda de temas concretos que interesan a la comunidad. Sin embargo, también son los eslabones más débiles y cualquier tema que publiquen puede ser susceptible de entrañar un peligro latente.

HACER MÁS PERIODISMO

La evidencia nos dice que la gran mayoría de los casos de violencia contra la prensa están condenados a la impunidad. Los enemigos de la prensa son bastante imaginativos y efectivos a la hora de desplegar viejos y nuevos métodos para amenazar, vigilar, intimidar y asesinar impunemente a periodistas. Todavía no tenemos respuestas efectivas a viejos problemas, como leyes draconianas que ponen en peligro el bienestar y la seguridad de los periodistas mediante intimidaciones descaradas. Por muy importante que sea, denunciar y avergonzar a los perpetradores apenas resulta eficaz para disuadirlos de cometer ataques atroces.

El objetivo debe ser aumentar la capacidad de los periodistas para sentir que pueden hacer su trabajo sin miedo ni intimidación. Sin duda, se trata de una tarea difícil, no sólo teniendo en cuenta las múltiples causas subyacentes de los ataques contra la prensa, como violencia política y odio social.

Es acá donde entran los esfuerzos colaborativos de periodistas de cada uno de los países latinoamericanos que a contracorriente y con muy pocos recursos mantienen una cruzada por la verdad, entendiendo que a la censura se le combate con más periodismo.

Jonathan Bock

Director de la FLIP (Fundación para la Libertad de Prensa, Colombia)