Paula Rangel - Reinaldo Mora - Carla Cadenas

Poner el cuerpo para informar

En contextos abiertamente hostiles para la libertad de expresión como el venezolano, informar cara a cara puede ser una manera de saltar las barreras de la desconexión, la desconfianza hacia las noticias y la censura. En El Bus TV, los reporteros ponen el cuerpo para dar las noticias e informar de a una persona a la vez, a escala humana, una modalidad que de alguna manera también se vuelve un escudo ante las amenazas que rodean al oficio periodístico. Estos reporteros huyen de los algoritmos y los clics porque miran directamente a los ojos de sus audiencias.

Somos El Bus TV. Empezamos a dar noticias en las calles cuando en Venezuela empezaron a repetirse las historias de que la policía, los militares o unos hombres armados vestidos de civil se llevaron a alguien. Nacimos en 2017 en medio de las protestas antigubernamentales que dejaron 163 asesinados, casi 3 mil heridos y miles de detenidos en todo el país, la mayoría jóvenes estudiantes; una herida que todavía sigue abierta. El Tribunal Supremo de Justicia había despojado de todas sus competencias al Parlamento, que por primera vez en quince años había sido conquistado por la oposición. El autoritarismo en el que derivó la llamada revolución bolivariana de Hugo Chávez, heredada a Nicolás Maduro cuatro años antes, se mostró desnudo. En Venezuela todos los poderes públicos que deberían ser independientes están cooptados por el presidente.

Entonces había urgencia de darle contenido a la calle que se estrellaba una y otra vez con las fuerzas de seguridad y la confusión. No había un canal 24 de noticias, porque capitales cercanos al chavismo habían comprado Globovisión, la única televisora que informaba. Antes, también se habían hecho con el principal tabloide, Ultimas Noticias, y el diario centenario El Universal. El periódico El Nacional, fundado por el escritor Miguel Otero Silva, ya no tenía músculo para circular arruinado por demandas y el veto impuesto por el Gobierno para comprar papel prensa, un activo monopolizado por el Estado. Nicolás Maduro también había ordenado sacar de las parrillas de los cableoperadores de televisión paga la señales internacionales de DW, CNN En Español y NTN24. En 2017, la censura también comenzó a sofisticarse. Ocurrían caídas masivas de YouTube o Twitter en los momentos en los que la gente se movilizaba masivamente o cuando los dirigentes opositores hacían pronunciamientos. También comenzaron los bloqueos digitales a medios independientes que nacieron luego de la implosión que hubo en las tres grandes redacciones de Venezuela. La hegemonía comunicacional a la que aspiraba Chávez convirtió al país en un enorme punto ciego. Hoy son más de 60 dominios de páginas informativas los que no pueden verse en Venezuela sin evadir con un VPN las conexiones a internet, tanto de proveedores públicos como privados. En la Venezuela de 2023 se han llevado a la cárcel a personas solo por tuitear comentarios críticos hacia el Gobierno.

Sin darnos cuenta el cerco nos empujó al pregón de los orígenes del periodismo, informar en una escala uno a uno que de alguna manera también nos protege. No lo pensamos entonces, pero ahora lo tenemos claro. En este terreno crispado que es Venezuela, un medio análogo que huye de los algoritmos y busca el encuentro cara a cara con sus audiencias es un medio que desafía la censura y a la vez, la denuncia.

“En esos días, estabas en un sitio y a media cuadra la policía estaba reprimiendo y disparando y no te enterabas”, cuenta una de las fundadoras de El Bus TV, Laura Helena Castillo. Esa información cercana e hiperlocal se convertía en un salvavidas en días convulsos. Periodismo de servicio que se tejió con noticieros en los buses, en comunidades vulnerables y con papelógrafos hechos a mano.

EL VIAJE DE LA LIBERTAD DE EXPRESIÓN

Elis Huiza, Dibiana Torres y yo, Paula Rangel, nos subimos a este bus en Mérida, una ciudad de corazón universitario enclavada en las montañas de los Andes venezolanos, un año después de que El Bus TV inició su viaje. Entonces era considerado de valientes vocear noticias en una calle llena de los escombros de la refriega que dejaban los desiguales enfrentamientos entre los cuerpos de seguridad y los manifestantes, que ese 2017 encendieron una lucha por la independencia de los poderes públicos, la base de cualquier sistema democrático. Pero los motivos para salir a protestar iban apareciendo cada día en Mérida y en todo el país.

Éramos estudiantes de la primera cohorte de Comunicación Social de la Universidad de Los Andes y nos reuníamos a protestar afuera de las instalaciones de ULA TV, en el centro de la ciudad, junto a la profesora y periodista María Fernanda Rodríguez. Un día, la televisora que también era un aula para todos los que queríamos ser periodistas, fue cerrada por la Comisión Nacional de Telecomunicaciones, la misma que bloquea medios digitales y controla ferozmente cada palabra que se dice en las emisoras de radio y la televisión abierta. La arbitrariedad de la medida nos motivó a convertir la protesta en un noticiero, como el que la profesora ya había visto en las redes sociales que hacían en Caracas. Cuando salieron las primeras imágenes rodaron los primeros kilómetros de El Bus TV en Mérida. Las agencias de noticias empezaron a reseñarlo como una hazaña en días asfixiados por los disparos de bombas lacrimógenas para disuadir las manifestaciones. Esa chispa quedó ahí y cuando la protesta en forma de noticiero que era El Bus TV se convirtió en un emprendimiento periodístico —finalista en 2018 del Premio Gabo en la categoría Innovación— nos convertimos en el primer equipo de corresponsales de este medio.  

Con el corazón y la respiración acelerada, tomando grandes bocanadas de aire para calmar los nervios, hicimos las primeras emisiones de El Bus TV en los buses que transitaban por el centro de la ciudad.

Una generación de jóvenes venezolanos ha sufrido el trauma de la represión vivida en las protestas. Son los nacidos en la bisagra del 2000, los que no votaron por Chávez, pero solo han conocido el chavismo, que han sido modelados en esa desconfianza generalizada sobre el futuro, en la censura, viven una juventud amputada que ha tenido que enfocarse en resistir y ser adultos demasiado pronto.

Parecen unas instrucciones sencillas las que se han seguido cada semana en los seis años informando que lleva El Bus TV: enviar las noticias hiperlocales al equipo central, recibir el guion con todo el contenido noticioso e imprimirlo, reunir al equipo de tres reporteros, salir a narrar el noticiero haciendo equilibrio en los buses detrás de un marco de cartón que simula ser un televisor con antenas, construido una y otra vez a lo largo de estos años, a veces juntos en tardes de cervezas, cada vez que el roce callejero los estropea demasiado. Mientras uno agarra el marco, otro narra y otro saca su teléfono para grabar la emisión. La belleza llega en las interacciones del público que da los buenos días, ríe, aplaude, hace silencio, expresa indiferencia, grita o se molesta.

Detrás de esa rutina que podría lucir sencilla y luminosa, sentimos miedo. Cuando nos propusieron ser parte de este proyecto lo dudamos por lo que implicaba exponerse en la calle, poner el cuerpo para informar. Nos impulsó trabajar en la profesión en la que quisimos formarnos justo cuando las fuentes de empleo en periodismo se iban cerrando y en la mayor parte de los disminuidos medios se hacen coberturas desde el escritorio. La energía estaba en que era una manera diferente de hacer periodismo.

La ONG Espacio Público ha contabilizado el cierre de más de 403 medios de comunicación en el país en los últimos 20 años. Hoy quedan 910 para un país de 28 millones de venezolanos, entre impresos, radios AM y FM, televisoras y plataformas digitales, según el más reciente mapeo hecho por la organización. Fue un achicamiento violento del ecosistema mediático al que siguió la utopía digital, que rápidamente fue bloqueada por disposiciones del Gobierno. El pasado dice que Venezuela tenía una buena cobertura mediática, con periódicos centenarios que fueron escuela, radios, periódicos locales. Fue uno de los primeros países a los que llegó la televisión en América Latina. Todo duró hasta el 2002. Ahí, en los primeros años del chavismo, comienza el quiebre democrático. Vino la aridez informativa. Un silencio que se expresa en los desiertos informativos mapeados por el Instituto de Prensa y Sociedad en su capítulo local. Lugares donde la cobertura local de noticias es inexistente o insuficiente para atender las necesidades informativas de sus poblaciones, territorios en los que según esta investigación, viven 7 millones de venezolanos. La censura se ha agudizado y la persecución del aparato estatal que hasta hace poco parecía ser generalizada contra cualquier que pudiera ser considerado un opositor o crítico, se ha vuelto más selectiva contra trabajadores de la prensa, activistas y dirigentes sindicales, de acuerdo con las conclusiones del cuarto informe de la Misión de Determinación de los Hechos de las Naciones Unidas, presentado en Ginebra en septiembre de 2023.

HAY UN POLICÍA EN EL AUTOBÚS

La seguridad es un asunto de defensa personal. Elis Huiza y Alejandro Herrera, dos de mis compañeros en El Bus TV Mérida, idearon una clave en caso de que nos llevaran detenidos durante las emisiones en los autobuses. Enviarían 85, dos números que están seguidos en el centro del teclado del teléfono, para indicar alerta. Ese es nuestro protocolo particular para reportar una situación de cuidado. Detrás del imán de la nevera de la casa de mis padres, están anotados los números de teléfono del equipo central del bus. Quedarse incomunicado en Venezuela por un robo, una detención arbitraria, un apagón, una falla de señal, es un supuesto probable. Reportarse con cierta frecuencia es parte de la idiosincrasia, un acto de cortesía y cuidado con tu gente.

A mis compañeros y a mí nos rondaba por la mente que en cualquier momento podríamos ser los siguientes. Esa sensación de miedo se hacía inminente cuando había un militar o un policía en el autobús como parte de nuestra audiencia. La presencia uniformada nos hacía pensar en la posibilidad de abandonar el lugar sin hacer el noticiero. En los primeros años informábamos, por ejemplo, que las panaderías de Mérida tenían varios días sin pan por la escasez de la harina de trigo. También narramos una sección en la que se decía cuántos pasajeros tenía que llevar ese autobús, a una tarifa ridícula en un país que entraba en hiperinflación, para poder comprar un neumático de ese vehículo.

“Teníamos miedo de qué podrían pensar los funcionarios al respecto, y de qué podrían hacernos, como llevarnos detenidos, por ejemplo. Pero siempre nos animamos a decirlo, sin pensar tanto en su presencia”, recuerda Dibiana Torres, compañera de la corresponsalía en Mérida. “Ya había una dinámica de actos de rebeldía al salir a la calle a protestar como una manera de opinar sobre la situación del país. Acá era igual pero enfocado en el periodismo, ejerciendo mi derecho a informar y ser informado, trabajando por lo que quiero ser, un periodista”, agrega Elis. A la vuelta de seis años rodando, el país ha cambiado. No hemos usado la clave y alguna vez un policía nos ayudó a cargar la corneta durante una emisión.


PERIODISMO BUSETERO

Hacer periodismo cara a cara con las audiencias nos expone a sus reacciones inmediatas. En un país altamente politizado durante estos años de quiebre democrático que ha sido el chavismo, la sospecha es el modo por defecto en el que anda la gente. Es un reto subirse a un bus o salir a la calle con un micrófono a informar, pues no sabes a quién te vas a encontrar. Un par de episodios vividos muestran esa cuarta dimensión del periodismo más performático de El Bus TV, la de la cuarta pared que se rompe cuando la información, y también la violencia política y la censura, entran en la escena.

Entre 2017 y 2022 Venezuela vivió en hiperinflación. Fueron los años en los que el empobrecimiento alcanzó al 90% de la población y que ha dejado serias secuelas. En esos días en los que los venezolanos solo pensaban en cómo estirar el dinero para poder comer, estábamos leyendo una noticia frente a una agencia bancaria en la que hacían fila decenas de personas para sacar bolívares en efectivo, uno de los síntomas de enfermedad que padecía la economía venezolana. Recuerdo que un señor me interrumpió. Gritando me dijo que mejor nos fuéramos a estudiar antes de decir más mentiras. La violencia verbal del señor nos hizo terminar apresuradamente la emisión para marcharnos de allí sin entrar en confrontación con el hombre como indican las prácticas para emisiones diseñadas por El Bus TV. Todas las personas de la fila del banco encendieron el debate en defensa de nuestro trabajo, refutando las palabras del señor. El periodismo acababa de hacer su trabajo de promover el debate público y el estar tan cerca de las audiencias nos había protegido.

En otra ocasión, en la que Elis leía las noticias y Alejandro sostenía el marco de cartón, un señor se paró frente a ellos durante toda la emisión, al otro lado de la “pantalla”. Cuando se narraba una noticia sobre la gestión del presidente Nicolás Maduro, movió el dedo índice de lado a lado, negando la información. Al terminar, disgustado, dijo que todas esas noticias eran mentira. “Nunca sabemos qué va a pasar en cada salida o cómo va a tomar el público la información, si serán receptivos, o si alguien se molestará por nuestra labor de informar”, dice Alejandro.

Una vez, una señora molesta se paró de su asiento a gritar que lo que decíamos eran mentiras. Hubo un debate en el autobús y el conductor le pidió a la señora que se bajara porque el resto de los pasajeros quería terminar de escuchar las noticias. Hay gente que aplaude, que da las gracias, que se desenchufa de sus audífonos para escuchar, vendedores ambulantes con los que hay que negociar el pasillo de bus donde trabajamos, gente que nos graba con sus teléfonos, gente que nos graba y sube las imágenes a sus estados de Whatsapp y amplifica el mensaje y hacen parte, ida y vuelta, del ejercicio del derecho a la información.

El primero de junio de 2023 vivimos una situación que nos pausó la respiración por unos segundos. En medio de un noticiero dentro de un bus de ruta universitaria, que no solemos tomar porque está fuera del centro de la ciudad, se subieron unos sujetos con armas de fuego. Apenas los vi, le hice señas a Dibiana para que pausara la narración, y escondí mi bolso tras el asiento del copiloto. Sin tener visibilidad hacia Elis, que se encontraba en los últimos asientos del bus grabando, pensamos que estábamos en medio de un asalto. Para nuestra sorpresa y la de todos los pasajeros, era un operativo policial para capturar a tres jóvenes que trasladaban droga en la unidad de transporte. En medio del operativo, los presuntos policías sin identificación más allá que su actitud violenta, le quitaron a Elis los teléfonos con los que grababa y lo bajaron del bus como otro sospechoso. En las calles de Venezuela, donde el Estado de derecho se ha desdibujado es difuso distinguir quién está detrás del arma en una escena como esta. Los policías se dieron cuenta por el carnet de Dibiana que éramos periodistas de El Bus TV. El chofer del autobús, como en caso de la señora molesta, también confirmó que nosotros solo estábamos dando las noticias. Después de esa mediación, devolvieron los equipos y nos dejaron ir. Aunque luego de cinco años hemos hecho una corteza sobre el miedo y la adrenalina que produce esta manera de encarar el periodismo, vivimos con la incertidumbre de qué podrá pasar en la siguiente emisión.

Cuando El Bus TV empezó a llevar noticias a donde está la gente, estaba pensando en esas audiencias desconectadas por las precariedades de la vida en un país cuya economía se ha achicado a un tercio en una década, con una enorme carga de pobreza atrás. Es la gente que ha perdido el instinto informativo por vivir el día a día. En un contexto hostil para las libertades de expresión, el periodismo de cercanía hace la diferencia y se convierte en virtud.

LA PALABRA CAVERNÍCOLA

—Este es El Bus TV de San Cristóbal del 30 de septiembre de 2023 en su primera emisión. La radio de Táchira se apaga —dice Juan José Sánchez, mientras María Fernanda Ayala lo asiste con el marco. En esta ronda yo, Reinaldo Mora, documento con mi teléfono. Los tres estamos en la mitad de los veinte años, a punto de graduarnos en periodismo en la ULA. Somos reporteros de El Bus TV hace más de tres años.

El noticiero continúa:

“En 2023 tres emisoras del estado Táchira han sido cerradas. Se suman a las casi 300 que han dejado de operar en todo el país desde el año 2000, lo que representa 71% del total de medios de comunicación existentes en Venezuela que han sido cerrados en los últimos 20 años.

El 31 de enero de 2023 cerraron Kalidad 90.3 FM. Tenía 24 años de transmisión y 23 personas quedaron desempleadas. Atendía a la comunidad de El Piñal. “Con las notas del Himno Nacional de la República Bolivariana de Venezuela y con un nudo en la garganta cesan las operaciones de la emisora que por 24 años acompañó el sur del estado Táchira”, se leyó al aire antes de cesar transmisiones.

El 21 de julio el director de Éxtasis 97,7 FM, José Luis Rincón, informó a sus 20 trabajadores que Conatel le había ordenado apagar la radio, tras 30 años al aire. Era conocida como “la frecuencia mágica del fútbol”. 

Y este 1 de septiembre le tocó el turno a Continental 103.5 FM con 8 años de operaciones y una programación enfocada en deportes y entretenimiento y un solo programa de opinión, “La mañana feliz”, conducido por Antonio Ruiz.

Extinción de dominio, fin de la concesión o uso clandestino del espacio radioeléctrico son algunos de los supuestos bajo los cuales Conatel ha aplicado censura en la radio, en particular contra emisoras con programas informativos y de opinión”.

Un oyente interrumpe la narración y dice que son muchas más las emisoras que han cerrado. Aclaramos que estamos recordando apenas los más recientes. Pocos medios quedan al aire en el estado Táchira, fronterizo con Colombia. Luego vamos rodando por una ruta del centro de la capital San Cristóbal, entre la quinta y séptima avenida de una ciudad futbolera y radial en la que el dial se va quedando sordo. Continúa la lectura del guion preparado para la emisión:

Yamile Jiménez vivió el cierre de RCTV en 2007 como corresponsal de El Observador en Táchira y en Éxtasis 97,7 conducía el único programa de opinión de la emisora a donde entró como pasante. Este espacio de debate ya no existe.
Wilson Gamboa hacía un programa de entretenimiento llamado “El Detonante” en Continental. “Es complicado cuando es tu único ingreso”, dijo a El Bus TV. Este año, con el cierre de estas tres radios se han perdido más de 50 empleos en Táchira. 
Los diales han sido tomados por emisoras dedicadas a hacer propaganda al chavismo como Radio del Sur, que tiene cortinas con la voz del ex presidente Hugo Chávez y Circuito Tiuna, perteneciente a la Fuerza Armada Nacional. En el caso de Kalidad 90.3 el dial está en silencio.
El estado Táchira es el que tiene la mayor cantidad de desiertos informativos de acuerdo con el Atlas del Silencio del Instituto de Prensa y Sociedad, publicado en 2023.

Este noticiero offline es una forma de vencer la censura. Este fue el noticiero El Bus TV San Cristóbal. Muchas gracias por su atención ¡Seguiremos informando!”, termina la emisión.

Nos bajamos del bus donde había unas 30 personas, para abordar el siguiente. María Fernanda narra esta vez, luego yo. En toda la jornada nos grabaron dos pasajeros, uno se molestó porque hacíamos fotos generales. Dos conductores nos invitaron a dar las noticias. “¡Suban, suban!”. Otro pasajero nos mostró un autobús hecho en madera alusivo al equipo de fútbol local Deportivo Táchira, que jugaba ese día, y él llevaba como amuleto. Era sábado y había movimiento de fanáticos hacia el estadio.

La aridez informativa en esta región ha ido en aumento. En 2020 el Atlas del Silencio reportó 41 medios de comunicación disponibles en el estado Táchira, de los cuales 26 eran emisoras de radio y seis eran televisoras: el 30% de la población vivía en desiertos informativos. Tres años después, este 2023, en el nuevo reporte el ecosistema de medios se ha reducido a 16 las radios y 3 las televisoras y ahora 80% de los tachirenses no tiene suficientes medios para informarse.

El cierre de un medio tiene mucho más impacto en lugares donde ya hay déficit. La radio es el medio que más aporta información local al ciudadano. Donde desaparecen los medios locales, crece la desconfianza y disminuye la contraloría ciudadana al gobierno. La violencia de obligar a callar a una emisora de radio se ha vuelto una noticia corriente en Venezuela. En 2022 el gobierno nacional cerró un total de 81 emisoras en todo el país, lo que significa un récord incluso tomando en cuenta que desde 2003 hasta el año pasado cerraron 285 radios. Nos ha pasado en las comunidades en las que informamos, que cuando ven llegando a los equipos de El Bus TV en la calle, con la corneta, el micrófono y el marco, hay quienes dicen: “Ahí viene la radio”. Hay cierta nostalgia de cuando la radio en Venezuela informaba.   

El domingo 13 de agosto de 2023 también hubo fútbol en Pueblo Nuevo. Jugaba el Deportivo Táchira contra el equipo de Portuguesa, un estado llanero de Venezuela. Era el partido más atractivo de la jornada. Pero en Éxtasis 97.7, que se hacía llamar “la frecuencia mágica del fútbol”, se escuchaba el encuentro entre América de Cali e Independiente de Medellín en el Pascual Guerrero de Cali, en Colombia. Entraba el sonido de la radio del país vecino, específicamente BLU Radio. No era la primera vez que ocurría, siempre pasaba cuando no había luz en la estación en San Cristóbal o en La Laja, sector ubicado a unos minutos de la ciudad donde se encontraba la antena principal. Pero en este caso eran las señales de otra emisora local apagada. Veinte tres días antes, Éxtasis 97.7 transmitía su programación habitual por última vez. Los equipos de la estación de radio que permaneció al aire durante 29 años fueron apagados por orden de la Conatel en horas de la tarde.

En el programa de Yamile Jiménez, el único espacio de opinión que quedaba en la estación radial, se pronunciaron las palabras que llevaron al cierre de esta estación. El 14 de julio tuvo de invitada en su programa a la dirigente opositora de centro y precandidata presidencial Delsa Solórzano. La periodista le pidió describir a varios políticos con una sola palabra. Cuando mencionó a Nicolás Maduro, ella respondió “dictador”. También fue consultada por Diosdado Cabello, al mando del Partido Socialista Unido de Venezuela y brazo duro del chavismo que se ha dedicado a perseguir y hostigar opositores desde un programa en la televisión estatal. A él se refirió como “cavernícola”. Esas declaraciones fueron grabadas en un video subido a la red social Tik Tok, que posteriormente tuvo muchas reacciones y se volvió viral. Esto fue lo que precipitó el cierre.


NOTICIERO EN CASA

A Joel Barreto le tocaron la puerta de su casa y le dejaron un recado con su esposa. “Sabemos lo que hace. Dile que se cuide”. Era septiembre de 2020. Joel había comenzado a pegar papelógrafos con datos de reportajes de medios independientes censurados y hacer noticieros en vivo para sus vecinos en Chapellín. Junto con Roberto Colmenares era parte del primer equipo de reporteros-vecinos de El Bus TV en Chapellín, una barriada popular al norte de Caracas.

En plena pandemia, empezamos nuestro proyecto La Parada TV, en el que nos estacionamos en comunidades vulnerables y formamos a los vecinos para que informen a sus propios vecinos. Una versión de nuestra metodología en la que lo offline y el cara a cara adquiere una nueva dimensión, porque el noticiero es una excusa para fortalecer los vínculos comunitarios y encontrarse. Pero también confronta riesgos particulares. Una cosa es decir noticias que incomodan al poder en un bus compartido con tu audiencia por unos minutos. Otra muy diferente es pararse a hacer lo mismo con micrófono y altoparlantes frente a sus casas, en la misma comunidad donde vives. El hogar es la última frontera de seguridad que un reportero debe preservar.

Los barrios populares de Caracas tienen en su germen la misma desigualdad de la que están hechos todas las favelas y asentamientos informales de América Latina. En Venezuela, a mediados de los años 50 del siglo pasado, familias pobres del interior del país emigraron a la capital en busca de las oportunidades que la renta petrolera no supo distribuir. Respondieron por sí mismos a los derechos que negaba el Estado. Hicieron sus casas y sus ciudades ellos mismos. Hoy, la mitad de los caraqueños vive en barrios autoconstruidos. Nosotros estamos en cinco de estas comunidades: Chapellín, La Lucha, La Cruz, Bello Campo y La Dolorita.

El chavismo, como todos los populismos, ha usado a los pobres de bandera y convirtió los barrios en un brazo más de su partido. Por dos décadas se ha ejercido un control social a través del aparato político y de propaganda del Gobierno. Organizaciones comunitarias que reparten comida en un país petrolero empobrecido brutalmente y que administran servicios esenciales como el acceso al gas para cocinar y los colectivos armados, fuerzas de choque que operan en algunos sectores al servicio del poder, son actores con los que te topas de frente cuando se hace trabajo en terreno. En Chapellín no fue la excepción. Los que tocaron la puerta a Joel ese mañana de 2020 eran colectivos y estaban dejando claro que hay cosas que no se pueden decir, o que ellos no quieren que se digan.

Con frecuencia la gente dice a los reporteros de El Bus TV, cuando los escucha en buses o en las comunidades, o se los encuentran pegando un papelógrafo, que somos valientes por lo que hacemos, que deberíamos cuidarnos, que en Venezuela hay gente que está presa por expresarse. Una encuesta sobre consumo informativo y cultural en Venezuela, publicada a mediados de 2023 por Espacio Público, Free Press Unlimited y la Unión Europea, revela que 62,9% de los venezolanos sabe que en el país el Gobierno censura los contenidos en los medios y las redes sociales. La gente que prefiere el anonimato para dar cualquier opinión, huye de las entrevistas en la calle, prefiere callar. Esta es la sociedad de la autocensura.

Joel y Roberto son unos señores Djs, padres y apasionados del deporte. Joel se dedica a cocinar con su familia y Roberto es mecánico automotriz, uno que pudo adaptar una palanca de cambios manual para seguir conduciendo su moto luego de que le amputaron una pierna por un problema de salud. También se dedican a realizar una de las actividades más atractivas para la gente de Chapellín: las fiestas. Fiestas por el día de las madres, el día del padre, el día del niño, por lo que sea. A Chapellín nunca le faltan motivos para armar una celebración y Joel y Roberto aportan la música. Además, trabajan en el comedor popular del principal preescolar del barrio, el Centro Comunitario Don Bosco, y organizaron por un tiempo funciones de cine callejeras para los niños. Son líderes con una trayectoria que luego pasaron a ser referentes informativos para su gente.

“A mí lo que más satisfacción me da es que los vecinos, muchos adultos mayores, nos preguntan, porque no tienen acceso a la información, no tienen teléfono inteligente”, dijo Joel emocionado en una entrevista que le hicimos cuando cumplimos dos años informando en su sector. “También me alegra mucho escuchar a los vecinitos más pequeños que cuando nos ven pasar dicen ‘Allá van los señores de la radio”.

Para ese momento, el retrovisor de Joel ya había superado la escaramuza de los colectivos y el repliegue táctico al que nos vimos obligados por unas semanas. Pasamos de las amenazas a la invitación de los propios vecinos a narrar la emisión cada semana en un callejón distinto. Ese arco narrativo de tres años está hecho de las cualidades de nuestro modelo: un periodismo de servicio y cercano que busca también organizar a las comunidades a través de la información. El Bus TV es una respuesta concreta a una circunstancia abiertamente hostil la cual transforma en virtudes los desafíos informativos nacionales. La presencialidad acentúa la dimensión de la experiencia agregando vitalidad a la información presentada. Desde esta perspectiva, la experiencia informativa es un acontecimiento tanto creativo como participativo, que la gente valora.  

Luego de tres años recorriendo semanalmente los callejones de Chapellín para hacer los noticieros, este 2023 dimos los micrófonos a una nueva dupla de vecinas, como parte de un orgánico proceso de renovación de nuestros equipos. Verónica Soto y Jennifer Espinoza son maestras y ejercen su liderazgo desde otros ámbitos. Una organiza las celebraciones religiosas y deportivas para los niños de la comunidad; otra comparte y cuida una fuente de agua que mana naturalmente desde su casa, que alivia la sed donde el servicio de suministro de agua por tuberías falla constantemente. La información puede generar reconocimiento de virtudes individuales y colectivas, suscitando el encuentro comunitario. Así es como la experiencia informativa adquiere relevancia y sentido porque se está construida en sintonía al tejido social comunitario desde donde brota. Así es como el periodismo offline que hacemos en El Bus TV se orienta a generar información que promueve el reconocimiento de la alteridad, la convivencia comunitaria y la importancia de la participación en la vida pública, anticuerpos para preservar el espacio democrático en el que periodismo está a salvo. A este nuevo equipo, que ha caminado por nuevos callejones de una comunidad donde viven unas 3 mil personas y, como también pasa en los otros barrios en los que informamos, hay vecinos que agradecen ser informados de esta manera, que se asoman a las ventanas para escuchar y ser parte, que nos piden que esta vez demos las noticias en su calle.

Paula Rangel - Reinaldo Mora - Carla Cadenas

Paula Rangel (Mérida, 1998). Egresó en 2023 de la Universidad de Los Andes. Acróbata de la información, pues es reportera de El Bus TV y de otros medios nacionales y también atleta de pole dance y acrotelas. Reinaldo Mora (Táchira, 1997). Estudiante de Comunicación Social de la Universidad de Los Andes. En bachillerato abrió su blog personal, que le abrió las puertas a escribir en medios deportivos sobre su pasión. Carla Cadenas (Caracas, 1992). En tesis de Comunicación Social en la Universidad Central de Venezuela. Mamá de Simón. Reportea en autobuses y comunidades y provee entusiasmo y brillitos a El Bus TV.